POETA MILO DE ANGELIS de Erika Reginato

MILO DE ANGELIS ES UNA VOZ ANTIGUA EN MILÁN


Es una voz antigua la del poeta italiano Milo De Angelis, concentrada en el ritual y en las enseñanzas de los personajes de la tragedia griega y la misma que contempla el paisaje de la urbe con los muros romanos que persisten en la ciudad actual. Camina con el gesto y la intención de observar y comprender el tiempo que abre y cierra su palabra, el secreto y el silencio, ya que reconoce a los atletas y personajes que con astucia y fatiga viajan desde la mitología hasta nuestro siglo.
Es uno de los poetas más importantes del segundo Novecientos italiano y al respecto escribe Eraldo Affinati en una nota crítica: “Milo De Angelis aparece pues, muy ligado a la autoridad de una sabiduría que nos precede y, en el siglo XX en ciertos casos ha consolado la orfandad. Sin embargo sería tan difícil encontrar un poeta así absolutamente moderno”. 
Con el rigor del tiempo poético, ha ido alcanzando el equilibrio y el conocimiento pleno, hasta resultar poseedor de una obra compuesta de elementos compactos que se fijarán con gran relevancia en la historia de la poesía. Desde el inicio de su trabajo la palabra dictada es determinante y surge como un abundante fluir de imágenes precisas que complementan la frase hasta conformar el verso que persiste y desea ser escuchado. Las palabras se ensamblan asumiendo riesgos ya que siempre 
está en la espera de la manifestación en algún lugar de la casa, en la ciudad o en el pasillo del tren. En un primer momento de composición del verso escribe: «Todavía este plagio / de asemejarse, ¿quieres esto?» en el tren gélido... / que atraviesa los campos de arroz y separa todo / «¿quieres esto, piensas qué esto / sea amor?» Ya está oscuro / y el pasillo desierto se alarga [...] Y agrega que en el fondo su precisión en la obra: “No (es) para experimentar nuevas vías, pero hay que escuchar mejor la voz que había dictado la palabra”. 
La selección poética pertenece a su último libro el Tema del adiós (Milán, Mondadori, 2005) y a la antología Donde ya habíamos estado 1970-1999 (Donzelli Editore, 2001), en donde inicia su aventura con Semejanzas (1970-1975); una composición que brota y fluye en las imágenes que lentamente se van encontrando en el papel y que no traicionan. Dice el poeta: «Un largo trabajo de las variantes y de intentos, de incertidumbres y entusiasmos…un libro dramático, donde intentaba decir una palabra que revela lo qué era. Un libro en la búsqueda de una identidad» 
Hasta ahora es considerado el libro que guió a una generación a finales de los años Setenta, porque moverse bajo cierto clima socio-político, exigía la palabra profunda y precisa que conquistara el vacío existente y que se sintiera dueño del terreno. Son las poesías que manifiestan el sentimiento frágil y herido entre

aquel pensamiento que no emerge y que no tiene contacto con lo real hasta tocar el extremo del tiempo y que repite todos los actos regenerativos del hombre. La idea puede esfumarse o continuar en otra página como sucede en “Latitud” cuando escribe el último verso: Haz que la lluvia... 

Al igual que en “Semejanzas”, con la energía del “Ser” que logra observar más allá de todo lo material y se acerca para intentar tocar y atrapar su sombra: Tomó impulso, extendió el brazo...

En Milo De Angelis el recorrido poético de estos años es primero mental y al finalizar una posterior lectura es también seductor ya que diseña el ambiente en el cual se coloca extendido y relajado el cuerpo de la frase. Los diálogos amorosos, a la vez pasajeros, introducen desde aquí el largo paseo por las avenidas, esquinas y callejones con los ecos y las deudas con las “autoridades del pasado” en una ciudad llena de reglas y exigente en todo sentido:

“Milán es un lugar de rigor y de sustracción, en afinidad a mi poesía…Milán es un lugar de silencio y de belleza en una relación simple que se ha desarrollado desde que soy joven, es un lugar perfecto, es una ciudad acogedora pero intensa y dura. Milán es un lugar de precisión, y de grandes maestros hasta el extremo…”

 La capacidad sensitiva se alcanza con Milímetros (1983). Es un libro de tonos duros, de exactitud, de interrupciones y neblina en el cual se pierde por instantes la presencia de lo real hasta entrar en la pura esencia. El encuentro con la palabra se restringe a ser elaborada y comprendida en la abstracción de un ejercicio incorpóreo, en un acto de atención interminable en la palabra que peligra perderse en la soledad. Los pasos en Milímetros son medidos como al caminar dentro del tatami. El núcleo de la idea posee la tensión del lenguaje que requiere un acuerdo con la palabra. Es un libro que lo acerca al dictado y la incertidumbre. Escribe el poema “Ahora llega la desadornada”.

donde el sustantivo humano logra ver el caos final. Y en otro poema: La cabeza cae a plomo / y se desata / en la tarde arrancada / al pensamiento […] En este periodo se lee la palabra cruel y dura que compone la frase decisiva que entre la soledad del sujeto teme la falta de Dios y utiliza el Verbo, el ritmo exigido en la búsqueda de la luz para poder ser escuchado: No puedes callar / sobre este monte / nosotros seremos arados / en paz y entre los pájaros. / El blanco se marcha volando y esos dientes saben, a filo empuñado …/ Y yo hablo de la tierra / a una vela […]

 El libro Tierra del rostro (1985), es más íntimo, ya que retorna a los caminos originarios construyendo bases más sólidas y planas en su lenguaje poético. En las asociaciones más veloces siente la presencia del padre que renace de la guerra en su estancia en Rusia y la compañía familiar por las calles antiguas y abandonadas de la ciudad. Sombras de conocidos vivos y muertos y en un estado de ánimo que intenta hacer equilibrio dentro de la espiritual aventura de traducción y el acto que asimila el gesto citadino. El poeta encuentra una sintaxis para reforzar el sentimiento de ligereza en los versos: ¿Te vendarás? Quítate el impermeable, rápido, enciende / los fósforos, mete la mazorca en el bolsillo. / Mira, la comeremos aquí arriba, la quemaremos. No / temas más, quítate el impermeable. ¡Mira, sé volar!

El Tema del adiós está dividido en seis estadios: Veremos el domingo, Escena muda, Encontrar la vena, Aquél lejano de nosotros, Hotel Artaud y Visitas al atardecer. Es un libro con un espíritu extraordinario y con la fuerza de inmortalizar la obra. La palabra destino que aparece cerca de la hora de salida es de una profunda levedad. Dice el poeta: «el cuerpo observado es ligero y ya carece de peso». La razón de una caricia se engrandece en la duda, en el titubeo que atraviesa el destino y la palabra con dolor y que sin ser deseada llega con un poder de aceptación único. 

Es un libro de luz, de un destino identificado y de recogimiento, aunque a veces se encuentra sumergido en la terrible desolación de quedar atrapado en los márgenes de lo irreparable e incomprensible como en Milímetros. El Tema del Adiós fue escrito con el sentimiento de lo que no ha sido terminado, con el oído cerca del latido pasajero en un ir y venir de los dos mundos y de las cosas que parecen extrañas y a la vez familiares. Se explora el alivio que concede cada respiración, pero también se descubre la distancia del centro de salvación: A ti, amor, una simple / poesía, aquella sonrisa humana / y transcurrida que veías en cada / sílaba, a ti una sola / dedicatoria, cenizas que se hacen / respiración, acto único [...]

 La forma estructural de los poemas cortos y la sentencia universal que contiene cada uno, recuerda a los epigramas griegos. Páginas que demuestran la calma y la bondad silenciosa sumergida entre los parajes inmensos del misterio, porque aunque la muerte esté presente con su rostro al descubierto, nunca dejará de ser un hecho inesperado: Todo estaba ya en camino […] Ella es la causa de la pérdida, pero no del vacío: Regresarán vivos los amores tenebrosos / que en el medio de los años dejaron / una espina, regresarán, regresarán luminosos [...] 

El poeta comprende que ser hábil es bordear a la muerte, por eso se presenta como el pasajero que debe viajar al infinito para retornar al punto inicial y reconocer en la aventura lo establecido por la vida. La presencia de la muerte corresponde al dolor que interviene en el Tema del Adiós, en aquella larga despedida y separación de la persona amada: En ti se reúnen todas las muertes, todos / los vidrios despedazados, las páginas secas, los desequilibrios / del pensamiento [...] La comprensión y el orden son señales de la purificación y de la comunicación en el paso de una presencia ya reconocida en el interior de la estructura universal del verso, pues, repetir la fórmula y replantearla es entender, es enfocar los sentidos hacia el sentimiento más valido en el momento que llega la palabra: No sé después / qué pasó, qué / pasó, amor mío, cómo / fue, cómo fue. 

MILO DE ANGELIS

TRADUCE 

ERIKA REGINATO






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